Literatura

Joyas literarias y filosóficas en el libro Los Mayas, de Eça de Queiroz

Todos los portugueses conocen el libro Os Maias de Eça Queiros (1845-1900), como los españoles El Quijote de Cervantes. Está incluido en el programa de estudios en el 11º año (que corresponde a los 16 años de edad o 1º de bachillerato en España).

Que esté incluido en el programa de estudios, por desgracia, no significa que se lea y lo más normal es acudir a resúmenes para saber de qué trata y ya está. Además, las redes sociales y la forma de vivir actual han disminuido enormemente el gusto por la lectura y la necesaria concentración que requiere. La ley del péndulo, válida en la naturaleza y también en la psique humana hará que lógicamente retornen tiempos mejores en este sentido.

Es difícil que en la primera juventud se puedan apreciar o profundizar las bellezas literarias y el sublime encuadre social y anímico que hace este autor. Es una obra de madurez de Eça Queirós, compuesta en el año 1888, y que en cierto modo se continúa con la póstuma La Ciudad y las Sierras, el último testamento ideológico de este novelista.

Este libro no es para ser leído, así, con fruición, y siendo llevados por él como en una cabalgada, queriendo saber el final. Todo lo contrario, es para ser degustado, calmamente, recreando todas las escenas en la imaginación. Como Zola, o Tolstoi, Eça Queiros pinta con fino pincel; pinta una naturaleza que se entrelaza magistralmente con los estados de ánimo, con una paleta de infinidad de colores y texturas, y siempre con la ironía tan delicada que lo caracteriza.

Espero que, como una muestra, estas líneas sirvan para animar al lector a sumergirse en esta obra, culmen de la literatura portuguesa de todos los tiempos, que narra la vida de tres generaciones, aunque centrándose en la historia de amor del último vástago, Carlos.

Aquí muestra a Alfonso, patriarcal, encontrándose con el mismo, su nieto, aún bebé:

“…rodó su poltrona junto al fogón; y allí quedó envuelto poco a poco en aquel melancólico crepúsculo de diciembre, con la mirada en la lumbre, escuchando el viento sudoeste contra las vidrieras, pensando en todas las cosas terribles que invadían así, en un tropel patético su paz de anciano. Pero en medio de su dolor, hondo como era, percibía un punto, un recoveco de su corazón en que algo muy dulce, recién nacido, palpitaba con una frescura de renacimiento, como si en algún lugar de su ser estuviese rompiendo, borboteando, un manantial rico de alegrías futuras; y toda su cara sonreía a la llama alegre…”

Como en un Nacimiento, el bebé se confunde con el Niño Divino -Dionisos en Grecia- que da luz y esperanza al alma humana.

“Nada más absurdo que enseñar a un niño en una lengua muerta quién fue Fabio, rey de los Sabinos, el caso de los Gracos y otros negocios de una nación extinta, dejándolo sin saber, al mismo tiempo qué es la lluvia que lo moja, cómo se hace el pan que come, y todas las otras cosas del Universo en que vive…”

Así dice Alfonso respecto a la educación de su nieto. La sociedad se estaba liberando de los grilletes eclesiásticos y del conocimiento como fría erudición y se aproximaba a la naturaleza, aunque de forma quizás muy ruda, como divulgó el movimiento literario de Zola, inspirador de casi todos los escritores de la época.

Y sigue:

“¡Qué clásicos! El primer deber del hombre es vivir. Y para eso es necesario ser sano, y ser fuerte. Toda la educación sensata consiste en esto: generar salud, fuerza y sus hábitos, desarrollar exclusivamente el animal, armarlo de una gran superioridad física. Tal y como si no tuviese alma. El alma viene después… El alma es otro lujo. Es el lujo de gente mayor…”

Bien, Platón, y la Filosofía natural enseñan exactamente lo opuesto, pues es el alma quien tiene un cuerpo y no lo contrario. Primero debe despertar el alma con la sensibilidad hacia lo bello (y en relación con las Musas), y después, ya despierta, debe dominar al animal que mora en ella, por medio de la gimnasia. Hacerlo al revés, dice Platón que genera almas brutas e insensibles, orgullosas de su fuerza animal y sin luz para recorrer el laberinto de la vida y el mundo. Un Minotauro encerrado y no un Teso liberador.

“El día fuera convidaba, adorable, de un azul suave, muy puro y muy alto, sin una nube. Frente a la terraza los geranios, rojos, estaban ya abiertos; los nuevos brotes de los arbustos, muy tiernos aún, de una delicadeza de encaje, parecían temblar al primer soplo; llegaba a veces un vago olor de violetas, mezclado al perfume dulce de las flores del campo: el surtidor alto cantaba; y en las calles del jardín, bordadas de setos bajos, la arena fina centelleaba suavemente ante aquel sol tímido de la Primavera tardía, que de lejos abrazaba el verdor de la finca, adormecida en esta hora de siesta, en una luz fresca y dorada.”

¡Qué belleza de descripción! De una dulzura y saudade que embriagan. Y más genial es cómo espejean dichos paisajes y escenas los del alma en que se desarrolla la acción de la novela.

“- Y entonces, ¿qué le enseñaba usted, abad, si yo le entregase al niño? ¿Que no debe robar el dinero de los bolsillos, ni mentir, ni maltratar a los inferiores, porque eso va contra los mandamientos de la ley de Dios, y lleva al Infierno?, ¿no? ¿es así?…

– Hay algo más…

– Ya sé. Pero todo esto que usted le enseñaría que no se debe hacer, por ser un pecado que ofende a Dios, ya él sabe que no se debe practicar, porque es indigno de un caballero y de un hombre de bien…

– Pero señor mío…

– Oiga abad. Toda la diferencia es esa. Yo quiero que el muchacho sea virtuoso por amor a la virtud y honrado por amor a la honra; pero no por miedo a las calderas de Pedro Botello, ni con el cebo de ir al Reino del Cielo…”

Qué lección de moral natural, la de ser dignos de lo mejor de nosotros mismos, y no esperar quién sabe qué beneficios o perjuicios, aterrorizados ante un Dios vengador, con pueblos escogidos que se creen con derecho a sojuzgar el mundo entero.

Y refiriéndose al protagonista real, a Carlos:

“Pero tenía en sus venas el veneno del diletantismo: y estaba destinado, como decía João Ega, a ser uno de esos médicos literarios que se inventan enfermedades con los que la humanidad fácil de engañar se presta luego a morir.”

En toda esta obra se respira, como un gas deletéreo, el veneno del diletantismo y el tedio de vivir, con brillantes pinceladas y momentos de pasión, sí… pero dentro del marco que le presta este spleen corrosivo. El autor soluciona este drama en su libro La Ciudad y las Sierras en que aboga por el retorno a la Naturaleza para, armonizado con ella, recuperar el verdadero sentido de la vida.

“Las semanas fueron pasando en estos planes de instalación. Carlos traía realmente resoluciones sinceras de trabajo: la ciencia como mero ornamento del espíritu, más inútil para los otros que los mismos cortinados de su cuarto, le parecía tan solo un lujo de solitario: deseaba ser útil. Pero sus ambiciones fluctuaban, intensas y vagas; ora pensaba en una gran clínica; ora en la composición maciza de un libro iniciador, algunas veces en experiencias fisiológicas, pacientes y reveladoras… Sentía en sí, o suponía sentir, el tumulto de una fuerza, sin llegar a discernir en ella la línea de aplicación. ‘Algo brillante’ decía: y esto, para él, hombre de lujo y hombre de estudio, significaba un conjunto de representación social y de actividad científica; un remover profundo de ideas entre las influencias delicadas de la riqueza; los elevados andares de la filosofía entremezclados con refinamientos de sport y de gusto; un Claude Bernard que fuese también un Mony… En el fondo era un diletante.”

En otra ocasión, analizando el mobiliario y los colores de la consulta médica de Carlos:

“- El terciopelo da seriedad… Y el verde-oscuro es el color supremo, el color estético… Tiene su expresión propia, enternece y hace pensar…”

Lo que nos hace pensar en la idea de Goethe del verde como el color umbral, que atrae, pero que define un límite; o la de Shakespeare del verde como el color de los enamorados.

“Aquí importamos todos. Leyes, ideas, filosofías, teorías, asuntos, estéticas, ciencias, estilos, industrias, modas, maneras, pillerías, todo nos viene en paquetes con los barcos de comercio. La civilización nos sale carísima, con los derechos de aduana: y es de segunda mano, no fue hecha para nosotros, nos queda corta de mangas… nos creemos civilizados como los negros de Santo Tomé se suponen caballeros, e incluso se suponen ‘blancos’, por usar con la tanga una chaqueta vieja del amo… Esto es un torpe cenagal.”

Esta crítica de uno de los personajes, Ega, es terrible y define la tendencia de un país, cuando en decadencia, para absorber todo de los otros, en vez de expandir su luz, su genio y creatividad. Dicen los astrólogos que Portugal es del signo Piscis, lo que le da una gran tendencia para la mística y ayudar a los desfavorecidos de la vida, pero también, la facilidad de o ser mesiánico en un “todos a una” eléctrico, pura actividad; o una esponja que absorbe todo lo que le rodea: físico, psíquico y mental; pura pasividad.

“Debía ser una epopeya en prosa, como él decía, dando, en episodios simbólicos, la historia de las grandes fases del Universo y de la Humanidad. Se titulaba “Memorias de un Átomo”, y tenía la forma de una autobiografía. Este átomo (el átomo de Ega, como se le llamaba en serio en Coimbra) aparecía en el primer capítulo, rodando aún en las vagas nebulosas primitivas: después venía enredado, chispa candente en la masa de fuego que debía ser más tarde la Tierra: al fin formaba parte de la primera hoja de planta que surgió de la corteza aún blanda del globo. Desde entonces, viajando en las incesantes transformaciones de la sustancia, el átomo de Ega entraba en la ruda estructura de Orango, padre de la Humanidad, y más tarde vivía en los labios de Platón. Ennegrecía en el sayal de los santos, refulgía en la espada de los héroes, palpitaba en el corazón de los poetas. Gota de agua en los lagos de Galilea, había oído hablar a Jesús, al caer la tarde, cuando los Apóstoles recogían las redes; nudo de madera en la tribuna de la Convención, había sentido el frío de la mano de Robespierre. Había errado en los vastos anillos de Saturno; y las madrugadas de la Tierra lo habían cubierto de rocío, pétalo resplandeciente de un durmiente y lánguido lirio. Había sido omnipresente, era omnisciente. Hallándose finalmente en la punta de la pluma de Ega, y cansado de esta jornada a través del Ser, reposaba, escribiendo sus ‘Memorias’…”

Filosofía e ironía en una danza típica de Eça Queirós. Es curioso que, con este libro aún sin editar, siendo escrito; la autora de la Doctrina Secreta, H.P. Blavatsky escribiera en ella -pero también aún inédita- que “si alguien escribiera la biografía e Historia de un átomo…”. Al final ambos libros fueron editados el mismo año, en 1888. ¿Ironías del destino o mentes en sintonía?

“¡Qué diablos, el mueble debe estar en armonía con la idea y el sentir del hombre que lo usa! Yo no pienso, ni siento como un caballero del siglo XVI, ¿por qué me he de rodear de cosas del siglo XVI? No hay nada que me dé tanta melancolía, como ver en una sala un venerable bargueño del tiempo de Francisco I, recibiendo en la cara conversaciones sobre elecciones y altas de fondos. Me hace el mismo efecto de un bello héroe de armadura de acero, visera calada y creencias profundas en el pecho, sentado a una mesa de tresillo jugando a los corazones. Cada siglo tiene su genio propio y su actitud propia. El siglo XIX concibió la Democracia y su actitud es esta… -Y dejándose caer de golpe en una poltrona, estiró sus delgadas piernas al aire. -Ahora bien, esta actitud es imposible en un escabel del tiempo del Prior de Crato.”

¡Gran verdad esa! A no ser que deseemos que ciertos objetos nos recuerden y afirmen ciertos valores que los tiempos modernos querrían disolver también en su detritus, como “testigos que han sobrevivido al gran naufragio”. La belleza lo es en todo tiempo. Y aunque no esté encuadrada, es una ventana abierta a un mundo más armónico y justo.

“La hallaba así adorable, todo su corazón huía hacia ella… ¡Ah! Poder tener el derecho de estar junto a ella, en esas horas de intimidad, muy juntos y sintiendo el aroma de su piel, y sonriendo también a un bebé. Y poco a poco le fue surgiendo en el alma un romance, radiante y absurdo: un soplo de pasión, más fuerte que las leyes humanas, le rodeaba violentamente, llevaba juntos su destino y el de ella; después, qué divina existencia, escondida en un nido de flores y de sol, lejos, en algún rincón de Italia… Y toda suerte de ideas de amor, de devoción absoluta, de sacrificio, lo invadían deliciosamente -mientras que sus ojos se olvidaban, se perdían, arrebatado en la religiosa solemnidad de aquel caer de la tarde. De la parte del mar subía un maravilloso color de oro pálido que diluía en lo alto el azul, le daba un blanco indeciso y opalino, con un tono de dulce desmayo; y la arboleda se cubría entera de un tinte rubio delicado y adormecedor. Todos los rumores asumían una suavidad de suspiro perdido. Ningún perfil se movía, como en la inmovilidad de un éxtasis. Y las casas, mirando al poniente, con una u otra ventana encendida en brasas, las copas de los árboles apiñados, descendiendo por la sierra en una desbandada hacia el valle, todo parecía quedar de repente parado en un recogimiento melancólico y grave, mirando la partida del sol, que se adentraba lentamente en el mar…”

Con esta escena “pinta” el vínculo, luego fatal, entre Carlos y María Eduarda. El éxtasis del alma y la naturaleza, sumergidos en el gran amparo y sueño de amor. El tiempo mismo detenido, como cuando Zeus amó a Alcmene y concibió así a Hércules.

“En su imaginación, divisaba ya posibilidades de un encuentro, una palabra entre ambos, cosas muy pequeñas, sutiles como hilos, mas por donde sus destinos se comenzarían a prender…”

¡Ah, la divina ciencia de los Vínculos, a los que Giordano Bruno dedicó uno de sus libros y llamó a Dios el Señor de todos los Vínculos! La vida es vínculo, la vida es compromiso. Huir de eso es huir de la vida misma. La prudencia y la libertad interior consiste en saber elegir esos vínculos. Otros, inexorables, los habrá tejido ya el karma según nuestras anteriores acciones.

“Sus bellos ojos casi se llenaban de lágrimas. Y cada una de estas palabras traía todas las complejas bondades de su alma, como en un solo soplo pueden venir todos los aromas dispersos de un jardín (…)

Y Carlos, conmovido, se quedaba pensando qué influencia, amplia y distante puede tener, aun aislado de todo, un corazón que es justo.”

Los filósofos antiguos sabían bien esto, y cómo voluntades luminosas y justas podían, en la soledad forjar mundos nuevos, como una insignificante semilla gesta un poderoso roble.

“- Por eso vi que tenía, ahí en la mesa -exclamó Carlos- un libro, ‘Nínive y Babilonia’… ¡Qué diablos! ¿A usted le gusta eso? Yo siento horror por las razas y las civilizaciones difuntas… No me interesa sino la Vida.

– Es que usted es un sensual -dijo Craft.”

Ahí está la clave, los que celebran sólo la vida que corre, el momento presente, y no el futuro que hacen ver los ideales, o, en el pasado, los testigos de la voluntad y la civilización humana; son, en el fondo unos sensuales. O Budas, e iluminados, porque ya han trascendido toda creación efectiva y cristalizada de la mente humana; o simplemente, sensuales, que es como decir, “hijos de un día”.

“Querido mío, ¡la política es hoy una cosa muy diferente! Nos hicimos como ustedes, los literatos. Antiguamente la literatura era imaginación, fantasía, ideal… Hoy es la realidad, la experiencia, el hecho positivo, el documento. Pues aquí en la política en Portugal también se lanzó una corriente realista. En el tiempo de la Regeneración y de los Históricos, la política era el progreso, las vías de comunicación, la libertad, la palabrería… Nosotros cambiamos todo esto. Hoy es el hecho positivo: el dinero, ¡el dinero!, ¡la plata!, ¡la pasta! ¡La rica pastita de nuestra alma, niño! ¡El divino dinero!

Y de repente enmudeció, sintiendo en la sala un silencio, en donde pareció que aún vibraba esta palabra, en el aire caliente del gas, prolongándose como un toque de alarma, despertando las codicias, llamando a lo lejos a todos los hábiles para saquearan esta Patria inerte!…”

Bien, y esto se fue degradando más y más desde hace un siglo hasta que actualmente, como un tejido que no soporta más tensión, todo está al borde de la ruptura, del colapso. Con qué claridad lo vio nuestro genial novelista.

“Ega se levantó, con un gesto desolado:

¡Fallamos a la vida, niño!

– Creo que sí… Pero todo el mundo más o menos la falla. Esto es, se falla en la realidad aquella vida que se planeó con la imaginación. Se dice: ¡Voy a ser así, porque la belleza consiste en ser así! Y nunca más se es así, se es invariablemente asado, como decía el pobre marqués. A veces es mejor, pero siempre diferente.”

Este es el tema real del libro, la sangre oculta que va dando vida a todo lo que sucede en la obra, la inercia que detiene los pasos en el camino o cierra los ojos ya en la infancia para no percibir más el sentido de la vida, ni que quiere realmente ella de nosotros, más allá de nuestros ilusos planes. Eça Queirós se incluyó, de forma sarcástica en el grupo de los “vencidos de la vida”, grupo literario en que estaban también el historiador y político Oliveria Martins, el poeta Antero Quental, Guerra Junqueiro y varios más. Al envejecer y ver que el país seguía sumido en el atraso y la decadencia moral y política canalizaron su frustración -esto es un modo de ver demasiado simplista, pero es así como se trata normalmente- en un diletantismo elegante, irónico y escéptico.

Y, sin embargo, la Belleza, con mayúsculas no muere, y abre puertas en un sin tiempo, más allá del siglo en que vivieron y dejaron en forma de escritos la sangre de su alma. Y podemos sentir una llamada a través de estas puertas que almas inspiradas abrieron.

Jose Carlos Fernández

Almada, 26 de agosto del 2026

1 comentario en “Joyas literarias y filosóficas en el libro Los Mayas, de Eça de Queiroz”

  1. La invaluable obra es comentada con un lenguaje fino, entregando referencias de gran peso, no intelectual, sino de profunda inteligencia e intuición. ¡Muchas gracias!

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